Que bonito día era, el sol brillaba intensamente, el aire se sentía fresco, y el niño salió corriendo alegremente desde su casa, como lo hacía diariamente hacia el lago. Era el mejor programa, su madre al verlo salir le hizo las recomendaciones de siempre, que el apenas escucho por la ansiedad que tenía de llegar a su lugar preferido.
Todos los días, en que el tiempo ayudaba el con pasión corría hacia el lago, para encontrarse con su pasatiempo favorito. Este era buscar ranas, en la orilla y entre los juncos las había, de los más variados colores y tamaños.
Al niño esto le encantaba, pero ese día en particular se sentía mas entusiasmado que nunca, porque el día anterior se había hecho de un amigo muy especial para el.
Llego corriendo y desde lejos miraba fijamente esa orilla del lago tan conocida para el, esperando encontrar a su nuevo compañero de aventuras. Pero aún no lo veía y eso lo inquietaba.
Ya en el lago comenzó a llamar, como no sabía silbar solo chistaba, y al no aparecer su esperado amigo empezó a gritar, el día anterior le había puesto un nombre, y lo llamaba por el mismo cada vez más fuerte. Pero no apareció, entonces el se sentó en la orilla con los pies dentro del agua y quedó disperso mirando el lago, que era extenso y transparente.
El agua estaba fría y luego de un rato retiró los pies del agua pues le empezaban a doler. Escuchaba desde ahí el croar de las ranas que siempre le había gustado, pero ese día no lo movilizaba.
Esperó y esperó, tan largo rato que se quedo dormido y en su sueño lo vio, y jugó con su entrañable amigo un largo rato. Rió entre sueños y escucho la voz de la madre que lo llamaba, lo que hizo que se levantara rápidamente y volviera a su casa, no sin ante despedirse de su amigo y prometerle que al día siguiente se encontrarían nuevamente para seguir jugando.
Por ser niño no se dio cuenta de que, su amigo era la imagen de un sueño, el mismo que había tenido el día anterior, y no dejó de esperar el día siguiente para volver al lago y encontrar a su amigo.
El Guardián

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