El pueblo de los niños

En un país muy lejano, lejos, muy lejos de aquí, había un pequeño pueblo habitado solo por niños. El más grande no tenía más años que tú, vivían en pequeñas casa hechas de chocolate, que no se fundía porque el calor no era tanto.

Los niños jugaban casi todo el día, pero solo una parte del mismo, pues tenían que hacerse la comida cuando les daba hambre, sino se iban a terminar comiendo sus casas de chocolate y no podrían dormir en ellas.

Les gustaban mucho las verduras, lo cual es bastante raro para los niños, pero se habían dado cuenta que no solo comían ellos con esas verduras, sino también una cantidad de animalitos con los que vivían en el mismo pueblo.

Cerca del agua para poder regarlas habían sembrado varias plantas de verduras, tenían, tomates, lechuga, zapallos, papas, zanahorias, y también algunos árboles de frutas, como bananas, manzanas, peras, naranjas, y mandarinas entre otros.

A los árboles les costaba subir, y para poder hacerlo habían construido unas escaleras de soga, que las habían fabricado entrelazando hojas largas de unos árboles cercanos al pueblo.

Todos los días a la hora del almuerzo, comenzaban a juntar verduras y frutas, y lo mismo hacían a la noche antes de dormir para la cena. Primero le daban de comer a los animalitos, había conejos a los cuales le encantaban las zanahorias y la lechuga, tenían también ardillas que comían tomates y papas, además había pájaros a montones que preferían zanahoria y lechuga, pero a también les encantaban las manzanas.

Cuando llovía juntaban agua en unos baldes que tenían que ellos mismos habían fabricado con pedazos de madera, el agua que juntaban les servía para cuando tenían sed y para que les durara la ponían en unos barriles de madera que también habían fabricado pero con más trabajo aún que los baldes.

No tomaban agua de la laguna cercana al cultivo pues esta era buena para regar pero un poco salada para tomar. Se turnaban para los trabajos y para la preparación ya sea del almuerzo o de la cena. A cada uno de ellos le tocaba tener ordenada su casa, pues se habían dado cuenta también que si no se preocupaban por la limpieza, las casa se convertían en un desorden tan grande que ni ellos mismos podían entrar a dormir.

Estos niños solos habían aprendido a hacer todas las cosas, con lo cual en este pequeño pueblo había una armonía total. Algunos de ellos eran mejores para cultivar las verduras, y otros mejores para cuidar los árboles de frutas, algunos otros eran buenos para treparse a buscar la fruta y otros eran buenos para cocinarla, y había otros encargados de juntar el agua y tenerla preparada para cuando tuvieran sed.

A algunos se les había ocurrido apretar las naranjas y sacarles el jugo el cual tomaban cuando festejaban algún cumpleaños, si lo hubieran tomado siempre no les habría durado mucho.

Un día aparecieron los padres de todos y al ver lo bien que tenían todo ordenado y prolijo, y lo bien que se las arreglaban con todo, se pusieron muy felices y los dejaron vivir en el pueblo para siempre, pero los visitaban seguido y les traían como premio golosinas y regalos por el buen trabajo que habían hecho.

Todos los niños del mundo pueden hacer esto mismo, solo que a veces las mamás y papás los consentimos tanto que no hacen nada de nada, solo jugar y jugar. Me parece que hay que aprender de estos niños que pudieron arreglárselas con todo. ¡Que extraordinarios niños, como tú también lo eres!

El Guardián

 

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